Ha pasado un ángel...
lunes, 14 enero 2008

"...que se llamaba/ luz, o fuego, o vida./ Y lo hemos perdido para siempre."

Cuando en la primavera de 1968 leí “Tratado de urbanismo”, me dije que así, como escribía aquel poeta asturiano desconocido para mí hasta entonces, era como yo quería escribir en el futuro. No sabía entonces que en el futuro también querría ser como aquella persona llamada Ángel González, el autor de ese libro que me había fascinado. Conocí a Ángel González en la primavera de 1985, cuando el Aula de Poesía de la Universidad lo trajo para dar una lectura en Granada. Y ese fue, como dice el tópico, el comienzo de una amistad que ha durado hasta hoy mismo, amistad paralela a la larga y provechosa relación de Ángel González con Granada. Ángel González me ayudó a escribir, a encontrar mi modo personal de escribir, mi propia voz y mi propio tono, Ángel González me ayudó a leer a Antonio Machado, a Juan Ramón Jiménez y tantos otros, Ángel González fue embajador de mi propia poesía, regalándome el pórtico de sus palabras para la primera antología de mis poemas, Ángel González me enseñó a escuchar boleros –como los boleros que ahora mismo me acompañan en su honor, cuando escribo estas líneas–, me enseñó a beber whisky hasta la extenuación sin que se notara en absoluto que había bebido una gota de whisky o el modo de comportarme siempre como un caballero dentro de la juerga más terrible, pero sobre todo Ángel González me enseñó, nos enseñó, ser mejores personas.

Esta mañana, cuando nos condolíamos por la terrible noticia, un amigo me recordaba como en las situaciones más domésticas, Ángel se comportaba siempre con la solemnidad y la autoridad de un auténtico sabio. Si quería que le llevásemos a su casa o al hotel porque estaba cansado o tenía ganas de irse, lo hacía de tal manera que parecíamos nosotros los preocupados por su cansancio o la conveniencia de retirarse. Si, por el contrario, quería continuar y reventar la noche hasta el final y notaba que los demás preferían marcharse, nos convencía de que su insistencia en alargar la noche se debía a que quería despedirse lo suficiente para que quedara algo más de él en los locales queridos y en la ciudad misma, algo que nosotros pudiésemos aprovechar en su ausencia. Ángel siempre daba la impresión en nosotros de estar rellenando algún hueco que nuestro propio padre había dejado abierto.

Mucho de él va a quedar sin duda en nosotros. Un estilo de vida basado en el amor a la vida que ha hecho de la suya un ejemplo de longevidad y juventud espiritual. Y una ética irónica de la existencia que, sin duda, hace más llevaderos los golpes (como de Dios) con que la vida nos castiga de tanto en tanto. Siempre se refirió en sus poemas a la muerte o a su propia muerte con total discreción, como el humilde gesto de cerrar una puerta y despedirse de todos humildemente, con la misma humildad y discreción que estaba viviendo: “Lo idea en estos casos/ sería morirse de muerte natural.../ y marchar con cuidado/ para que nadie pueda/ darse por ofendido”.

Querido Ángel, quiero despedirme de ti recordándote tal y como te vi la última vez, hace ahora menos de un mes, acodado sobre la barra del “Kontiki” frente a un vaso de whisky y saludándonos con tu mejor sonrisa de pillo bondadoso. ¡Adiós camarada, compinche, padre, maestro! ¡Buen viaje!

Álvaro Salvador